miércoles, 13 de febrero de 2019
CAPITULO 64
Regreso a mi apartamento para ducharme, secar con el secador mi pelo y prepararme para esta noche. He pasado los últimos dos meses en Europa. Hacía mucho frío y pasamos más tiempo en el hotel que de gira, pero no importaba. No estaba en los Estados Unidos, el país que amo, cerca del hombre que amo, simplemente porque tenía que sanar.
No quería tener la tentación de llamar. Tenía miedo de que si me quedaba, lo vería en todos los titulares; que el mismo aire en D.C. tendría el olor de él. Que tropezara con él o simplemente tengo demasiados recuerdos en todas partes que no iba a ser capaz de respirar bien. Europa era bueno. Me centraba, y sin embargo estaba ansiosa por volver a casa. No me permití estar en casa en el momento en que Pedro tuvo su día de inauguración.
Le dije a Kayla que me enamoré de él durante su campaña. No le di más detalles.
Ella presionó, pero no cedí. Ahora entiendo que cuando una persona está en gran notoriedad como Pedro lo está, no se puede confiar incluso en aquellos que se supone que confías. No con todo. Me temo que una noche de embriaguez le haría soltar la sopa del asunto. Así que lo mantuve para mí y lo cuidé en silencio en mi corazón aún cuando Kayla me decía que era un enamoramiento y lo superaría en París, la ciudad del amor.
No lo hice.
Me duele el corazón en este momento no importa lo mucho que quiera permanecer fuerte.
Dios.
¿Cómo voy a soportar la idea de mirarlo a los ojos esta noche?
Él verá a través de mí.
Estoy esperando que con los diversos bailes pasando, su visita a la que estoy asistiendo sea breve. Que sólo tengamos que decir un hola rápido y que tenga que continuar por la línea de personas deseosas de recibir a su nuevo presidente.
Aún así, me visto con el mismo cuidado que una novia tendría el día de su boda.
Estoy viendo al hombre que amo, y podría ser la última vez, y la chica dentro de mí quiere que él me recuerde viéndome tan impresionante como me sea posible.
Tan deseable como me encontró previamente.
Me cepillo el pelo rojo y dejo caer mis hombros.
Me visto con un traje sin tirantes azul que coincide con mis ojos. Pinto los labios de un profundo tono de rojo, y pregunto a mi madre si puedo tomar prestado el abrigo de piel de mi abuela. Nunca he comprado una sola cosa de piel en mi vida debido a la crueldad animal, pero el abrigo tiene un valor sentimental para mí, y hace mucho frío fuera.
Mis padres están asistiendo a un baile diferente al que voy.
—Realmente debes considerar venir con nosotros —dijo mi madre esta mañana.
—Voy con Alison —ella es la nueva fotógrafa de la Casa Blanca y tiene que estar en este evento para capturar el momento.
—Oh, está bien. ¿Paula?
—¿Sí?
—¿Estás segura de que estás lista?
Sabía lo que estaba preguntando. Ella sabe que había algo entre Pedro y yo, aunque nunca le di detalles. Sabe que me enamoré y tener una hija enamorada del caliente, joven presidente es suficiente para hacer cualquier tipo de preocupación, una madre preocupada.
La emoción hace que sea difícil hablar, pero asiento, entonces me doy cuenta de que mi madre no me puede ver.
—Sí.
Sé que no será fácil. Pero necesito verlo hoy.
Quiero felicitarle. Quiero que sepa que estoy bien, que estoy orgullosa de él, que voy a seguir adelante, y que quiero que haga lo mismo.
CAPITULO 63
Esto es lo que él quiso. Esto es lo que nosotros quisimos. Lo que todo el país quiso.
Es el primer día de cambios que están por venir y estoy ardiendo con el deseo de tener un pequeñísimo momento para hablar con Pedro.
Decirle cuán orgullosa estoy de él. Qué tanto duele no tenerlo, pero cuán segura me siento sabiendo que peleará por nuestros intereses.
Me siento allí entre la multitud, mis ojos pican mientras la emoción se hunde en mi pecho. Terminamos el himno.
—Oye, vamos, vamos a buscar a tu galán para el baile inaugural —dice Kayla, deslizando su brazo alrededor del mío mientras me da un tirón.
Me paro sin moverme, pero pongo un poco de resistencia. Mis piernas se sienten de plomo, como si no quiero ir en esta dirección, pero en su lugar, quiero ir en la dirección en que está diciendo adiós a los que le rodean y al frente de la plataforma para salir del recinto.
Observo a Pedro que se detiene en la parte superior de la escalera alfombrada de color azul.
Pedro sumerge la cabeza de nuevo en la multitud y observa con una mirada de gran alcance. Aguanto la respiración, luego muevo mi cabeza.
No te está buscando, Paula; puedes comenzar a respirar ahora.
Suspiro y froto las sienes, sacudiendo la cabeza mientras esperamos para el desfile de la caravana por la avenida Pennsylvania.
—No estoy segura de que deba ir.
—Vamos. —Kayla me empuja, su expresión es interrogante—. Llegamos justo a tiempo para la inauguración, ya que querías estar aquí. No puedes rechazar una invitación al baile inaugural.
Mantengo mis ojos en Pedro.
Pedro Alfonso.
Mi amor.
Recuerdo los sonidos que hace cuando hace el amor, la forma en que su respiración tropieza, la forma en que sus ojos se nublan. Recuerdo el sabor de su sudor, mientras se conduce dentro de mí, la forma en que lo beso y lamo y quiero más, lo deseo, todo lo que puede dar.
Momentos íntimos.
Momentos entre un hombre y una mujer.
Momentos que parecen que fueron hace mucho tiempo, pero al mismo tiempo, nunca los puedo olvidar, porque los tuvimos. Me aferro a esos momentos porque no quiero olvidarlos. Cuando veo al hombre, el presidente, quiero recordar lo que se siente su pecho, bajo su corbata y traje, todo ese poder ondulante en sus músculos.
Quiero recordar su tamaño, cuando está unido a mí, tan grande como el nombre que ahora lleva,
y quiero recordar lo que se siente al tenerlo derramándose en mi interior. No quiero olvidar el sonido de su voz en la oscuridad, cuando nadie está mirando, y cuán tierno suena.
No quiero olvidar eso por un rato, Pedro Alfonso, el cuadragésimo sexto presidente de los Estados Unidos, fue mío.
CAPITULO 62
Es un día histórico.
Pedro Alfonso, el presidente más joven de los Estado Unidos de América. Estoy en medio de la multitud de cientos de miles reunidos en el Capitolio de los E.U. Me han enviado una invitación, junto con un pase extra. Así que traje a Kayla.
Me senté perfectamente en mi asiento. Uno en donde Pedro esté mucho más cerca de lo que estará de la multitud a continuación.
Ellos abrieron el National Mall a los ciudadanos espectadores, algo que nunca hicieron antes, hasta que su padre ganó, y ahora. El país está simplemente muy involucrado en este resultado, demasiado impacientes para celebrar con él, para quedar lejos.
Un coro de niños ha estado cantando America the Beautiful, y estoy sentada en un manojo de nervios, con excitación y sentimientos mientras la canción termina y la Banda de la Marina de Los Estados Unidos se levanta con un feliz y salvaje tono patriótico.
Las trompetas comienzan a resonar.
A través de los altavoces escuchamos la introducción del presentador al presidente saliente, junto a su esposa y otros miembros de nuestra plancha política. Los aplausos irrumpen a través de la multitud mientras las personas se posicionan para tomar sus asientos. Y entonces, a la creciente multitud excitada, después de un viaje por los nombres
de alta resonancia que son anunciados, el presentador finalmente anuncia—: Damas y Caballeros, el presidente electo de los Estados Unidos, ¡PEDRO ALFONSO!
Bien, respira.
¡RESPIRA PAULA!
Pero se siente como si alguna soga invisible está amarrada apretadamente alrededor de mi tráquea cuando Pedro camina por una alfombra azul hacia la plataforma, la gente gritando a coro al tope de sus pulmones—: ¡ALFONSO, ALFONSO, ALFONSO!
Saluda a todos los miembros del gabinete, como también a su madre, estrechando sus manos. Su madre está sentada a la izquierda del micrófono, después saluda a la 2 Es una canción patriótica de los Estados Unidos de América. La letra es de Katharine Lee Bates, una profesora de inglés del Wellesley College, que la compuso en 1893.
Mira a la audiencia con una gran sonrisa y agita su mano, Pedro establece su gran cuerpo al lado de ella.
Estoy retorciendo mis fríos dedos, mis ojos están tan hambrientos de él que duelen.
Se mirada tal y como lo recuerdo. Su cabello un poco largo, tal vez. Su expresión calmada y sobria. Lo observo agachar la cabeza para escuchar algo que su madre le dice, y un ceño fruncido arruga su frente, pero luego una sonrisa toca sus labios y asiente. Mariposas.
Quiero decir, pequeñas mariposas malvadas están revoloteando en mi centro.
Inhalo y fijo mi mirada en mi regazo, ante mis rojizos dedos congelados.
Está frío hasta la médula afuera, pero cuando Pedro es llamado y su voz de barítono llega de repente por el micrófono, me calienta como un tazón de mi sopa favorita. Como fuego
líquido en mis venas. Como una manta alrededor de mi corazón.
Levanto mi cabeza. Él está parado en la plataforma. Calmado e imponente en una gabardina negra, un perfecto traje y corbata roja, su negro cabello volando en el viento, su sombría expresión mientras coloca su mano en la Biblia, la otra mano levantada.
—Yo, Pedro Alfonso, solemnemente juro que ejecutaré fielmente la Oficina del Presidente de Los Estado Unidos y en la medida de mis posibilidades, preservaré, protegeré y defenderé la Constitución de los Estados Unidos.
—Felicitaciones, Sr. Presidente —dijo el presentador.
Mi cabeza dio vueltas
Santa.
Mierda.
Pedro es ahora el presidente de los Estados Unidos.
Los aplausos irrumpieron como una ola estrellándose sobre nosotros. La gente de
pie. Todo el mundo aplaude y se deleita en la euforia, el país le da la bienvenida al nuevo
comandante en jefe.
Mi cuerpo se sacude por el sonido de las veintiuna pistolas explotando, una tras otra.
Las trompetas resuenan.
La multitud agita pequeñas banderas de Estados Unidos, de lado a lado.
La gente está llorando.
La música de la orquesta suena, más y más fuerte a través del Capitolio de los E.U. y el National Mall.
Todo, mientras Pedro saluda a la multitud. Su sonrisa es la cosa más asombrosa que he visto jamás. Su mirada barriendo a través de los cientos de miles de personas aquí.
Gente que lo ha amado por décadas, desde que fue el hijo de nuestro presidente. Y ahora,
simplemente, él es nuestro presidente.
El presidente más joven del mundo.
La gente en la audiencia se mantiene agitando sus pequeñas banderas.
Una vez que el saludo de las pistolas ha acabado, el presentador se inclina para
decir—: Es mi gran placer presentarles al cuadragésimo sexto presidente de los Estados
Unidos, Pedro Alfonso.
Se acercó al micrófono. Las manos rodearon el estrado, se inclina al micrófono y su voz resuena poderosa y profunda. Justo el sonido me afecta intensamente. Causando punzadas de nostalgia y oleadas de excitación en mí.
—Gracias. Compatriotas… Vicepresidente Frederickson —saluda—. Me presento ante ustedes hoy, honrado y en deuda para el verdadero cambio que podemos proclamar en esta nación, cuando nosotros, como una participación colectiva, lo pongamos en movimiento. —Los aplausos lo interrumpen y él hace una pausa—. Compatriotas, estoy agradecido por la oportunidad. —Asiente sombríamente, mirando a una dirección, luego a otra, su poderosos hombros estirando la tela de su gabardina.
—En nuestra nación, luchamos por la verdad y la justicia. —Pausa—. Luchamos por la libertad, por lo que es correcto. —Pausa—. Luchamos por ella y morimos por ella —y si tenemos suerte, moriremos con ambas de nuestro lado…—Pausa—. Estos no son tiempos para dar marcha atrás y esperar por lo mejor. Estos son tiempos donde lo hacemos mejor. Retribuyendo a nuestra nación. Colocando las mejores piezas de nosotros allí. América estaba formada en los principios de libertad, adoptó la promesa de unidad, paz, justicia y verdad. Es solo por preservar y honrar lo que somos que podemos hacer justicia al mismo núcleo de lo que defendemos. Y que continuaremos defendiendo. Un guía para otras naciones del mundo entero. La tierra del árbol. La casa del valiente.
Vamos a alcanzar nuestro potencial y asegurar nuestro disfrute de eso por lo cual nuestros ancestros tuvieron que pelear tan ferozmente, no solo por nosotros, sino por nuestras generaciones por venir. Quieres un líder que te lleve con valentía a esta nueva era. Con convicción. Y con la mirada puesta en conseguir resultados. Compatriotas. — Pausa—. NO LOS DEJARÉ CAER.
Un estruendo llega desde la multitud.
ALFONSO es el nombre que llaman.
ALFONSO es el hombre de la hora. Del año. De sus vidas. Él sonríe a esa calurosa bienvenida y cierra con un profundo y brusco—: Dios los bendiga. Y Dios bendiga a los Estados Unidos de América.
Un ardiente rubor fluye a través de mí y una bola llena de una especie de espinas se atora en medio de mi garganta.
Ellos tocan el himno nacional, y mientras el coro de ciudadanos cantando suena a través del Capitolio de los E.U. y los hogares alrededor del mundo, estoy colocando mi mano en mi corazón y trato de llevar las palabras del himno nacional fuera —pero eso no ayuda a aliviar este profundo dolor poco habitual en mi pecho. Esto es simplemente un día monumental para mi. No solo como ciudadana; como una persona este día es directamente proporcional a la profundidad de mis sentimientos por el nuevo presidente.
Y los sentimientos son infinitos, incomprensibles, eternos.
martes, 12 de febrero de 2019
CAPITULO 61
Mi padre está sepultado en el cementerio nacional de Arlington, uno de tres presidentes
está allí.
El viento está helado, batiendo mi gabardina en mis pantorrillas. Mientras camino a la tumba de mi padre, sé que el silencio será roto por alguien.
Me arrodillo ante su tumba, escudriño el nombre en su lápida; Lucio Alfonso, Presidente, esposo, padre, hijo.
Murió hace mucho tiempo, trágicamente, en la manera que permanece contigo para siempre. La manera que te marca.
—Hoy tomé juramento. —Mi pecho se siente pesado cuando pienso en lo mucho que le hubiera encantado ver eso—. Quiero prometerte, papá, que lucharé por la verdad y justicia, la libertad y la oportunidad para todos. Incluyendo encontrar a quién te hizo esto.
El día está fresco en mi mente: los ojos sin vida de mi padre, Wilson cubriéndome, y yo, luchando para poder correr hacia él. Lo último que me dijo fue que era demasiado terco. Él había estado deseando que entrara en la política; Yo había insistido en tallar mi propio camino.
Me tomó una década sentir la necesidad de hacer lo que mi padre siempre había esperado.
Hoy me siento orgulloso de venir a darle el tipo de noticias que lo harían tan feliz como cualquier padre.
Parece que hablo más a mi padre aquí que en los últimos años que estuvimos en la Casa Blanca.
—Mamá está bien. Te echa de menos. No ha sido la misma desde ese día. Está obsesionada por lo que pasó… y por quién te hizo esto, porque todavía está libre. Creo que está de luto por los años que quería recuperar su matrimonio. Siempre esperó que cuando nos fuéramos de ahí recuperaría a su marido. Sí, ambos sabemos cómo fue eso.
Sacudo la cabeza tristemente y veo las flores congeladas al pie de la tumba.
—Veo que vino a visitarte.
Una vez más siento el instinto protector de un hijo que quiere evitar que su madre se lastime.
Pienso en cómo mi padre me diría que estoy destinado a la grandeza; Y hoy cada día desde que se ha ido, lo extraño más.
—He conocido a la chica más maravillosa. ¿Recuerdas lo que te conté sobre ella en mi última visita? La dejé ir. Dejé ir a la mujer que amo porque no quería que pasara por lo que mamá pasó. Y me he dado cuenta que no puedo hacer esto sin ella. Que la necesito. Que ella me hace más fuerte. No quiero herirla si es mi turno de terminar aquí. No quiero que llore todas las noches como mamá, porque ya no estoy aquí con ella. O llorar porque estoy en todo el país y ella me necesita y se da la vuelta para averiguar que me he ido. Pero no puedo dejarla. Soy egoísta, pero no puedo renunciar a ella.
La frustración crece en mí y finalmente lo admito—: Saldré a tomar mi juramento y dedicaré cada respiración para despertar a este país. Haré lo que no pudiste y miles de otras cosas. Y la ganaré de vuelta. Te haré sentir orgulloso.
Golpeo los nudillos en la lápida mientras me pongo de pie, con los ojos clavados en los de Wilson mientras asiente con el resto de mis detalles.
Volvemos a los coches y me detengo a nivelar una mirada con Wilson antes de abordar.
—Oye, la he registrado, como me lo pediste —dice Wilson.
Inhalo el aire frío, sacudiendo la cabeza y metiendo las manos en los bolsillos de mi gabardina negra.
Ella es el único pensamiento implacable y constante en mi cabeza y que tira de mi maldito pecho. La única que ha existido en mi vida.
Se fue a Europa después del día de las elecciones. Lo sé porque fui a verla cuando los resultados de la votación se hicieron oficiales. La besé. Ella me besó. Le dije que la quería en la Casa Blanca. Me dijo que se iba por unos meses a Europa con su mejor amiga, Kayla.
—Es mejor de esta manera —dijo ella—. No mantendré mi celular. Creo que tenemos que hacer esto.
Me costó todo no ir tras ella. Mantenerme alejado. Cambió su número. Lo encontré.
Traté de no llamar. Apenas tuve éxito. No pude evitar tener a mi personal revisando cuándo regresaría a los Estados Unidos.
Ella quiere terminar contigo, Alfonso. Hazlo bien aquí.
Lo sé, pero no puedo dejarla. Dos meses sin ella son demasiado largos.
—¿Qué descubriste?
—Ha regresado de su viaje y ha respondido a una de las invitaciones de esta noche, señor Presidente.
Ha vuelto de Europa justo a tiempo para mi inauguración.
Mi pecho se aprieta. He permanecido alejado y cada pulgada de mí quiere verla.
¿Cómo puedo estar orgulloso de eso? Derramó una lágrima ese día. Una sola. Y fue para mí.
—Bueno. Me llevarás allí esta noche.
Subo a la parte de atrás del coche, el servicio secreto está detrás de nosotros y tamborileo mis dedos inquietos en mi muslo, mi sangre hierve por la perspectiva de verla esta noche, imaginando el cabello rojo y los ojos azules de mi mujer mientras saluda al nuevo Presidente.
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