miércoles, 20 de febrero de 2019

CAPITULO 85




Escucho al Marine One mucho antes de ver el helicóptero descendiendo sobre el Jardín Sur de la Casa Blanca. Quiero correr hacia las puertas como Jack hace cuando Pedro se encuentra fuera y él se queda en casa, pero en su lugar me obligo a caminar remilgadamente por las escaleras y en el exterior.


Pedro salta del helicóptero y Jack se apresura a través del césped, mientras espero en los escalones, sonriendo mientras Jack salta a saludarme. Acaricio su cabeza, mis ojos firmemente fijos en el hombre alto y distinguido cruzando el césped hacia mí.


Lleva su gabardina sobre su traje, y el viento sopla a través de su cabello, haciendo el amor a cada pulgada de él.


Su ritmo es intencionado mientras se dirige hacia adelante. Jack espera a mi lado, la cola moviéndose de lado a lado.


Nuestros ojos se encuentran. Solo sonrío y empiezo a dirigirme al interior, y dos pasos adentro, a una buena distancia de los agentes que pululan, me atrae a sus brazos y mi decisión de esperar hasta después de la cena se derrite un poco. Acaricia mí nuca con una mano.


—Te extrañé —exhala en mi oído.


Me derrito un poco más.


Su fuerza se filtra en mi cuerpo. Llega muy dentro de mí, hasta la médula de los huesos. Si estuviéramos solos, tiraría de él a algún lugar para sentir sus manos sobre mí.


Sentir sus ojos en mí. Sentir su piel bajo mis dedos, su lengua moviéndose sobre la mía de nuevo.


—Yo también.


Jack ladra feliz. Pedro se relaja, pero no antes de que vea el calor ardiente en sus ojos.


—Aquí no —dice.


Suspiro por paciencia.


Sonríe, se apodera de mi barbilla, y se queda mirándome fijamente a los ojos.


—Ve a mi habitación. —Una promesa.


Mi respiración se vuelve irregular y nerviosa.


—¿Qué hay de la cena?


—Lo que quiero se haya justo aquí, y no estoy esperando un momento más para tenerlo. Ahora voy a atender algo y estaré allí.


Me dirijo a mi habitación primero y tomo un camisón de seda que compré en París, mi única compra allí. Un baby doll blanco separado por la mitad y un moño uniéndolo.


¿Lo compré con la esperanza de que un día lo viese?


Me dije que era para mí, pero ahora no estoy tan segura. Lo meto debajo de mi chaqueta, y sé que el Servicio Secreto se encuentra cerca mientras cruzo a su habitación.


Cierro la puerta, me cambio rápidamente en su enorme baño, y me dirijo directamente a la cama porque mis piernas se sienten líquidas e inestables.


Su habitación es un poco más grande que la mía y su cama huele a él. Suspiro y me deleito en su olor cuando escucho el pomo girar y la puerta se cierra.


Mi sonrisa feliz por estar en su cama desaparece a medida que mis pestañas se abren, y mis ojos comienzan a subir poderosamente, piernas largas, caderas estrechas y una camisa blanca desabrochada en la parte superior.


Él. Ya está. DURO.


Me mira con asombrosa diversión, sus ojos bailando, el cabello de punta, como si ha estado muy inquieto. Inquieto en su camino a casa.


—Siempre llena de sorpresas, ¿verdad, Paula? —Dice en voz baja. Tomando mi camisón.


No puedo respirar más.


Estoy envuelta por el poder y la confianza que rezuma, por la calidad de su mirada penetrante, por la sonrisa masculina que lleva.


Curvo mis labios mientras me siento apoyada en mis brazos, sostengo su mirada con timidez.


—¿Te gusta mi regalo de bienvenida a casa? —Muevo el lazo que sujeta mi camisón.


Los dos estamos excitados por extrañarnos tanto, creo que nuestra adrenalina gira y se enreda de forma invisible en la habitación.


Cruza la habitación, extendiéndose para tomar mi brazo y ponerme de pie. Un tirón y me aplastó contra la pared plana de su pecho. Otro tirón en mi cabello suelto lleva mi cabeza hacia atrás. El jadeo que se me escapa solo sirve para separar mis labios, y él está allí. Sus labios están ahí, rozando los míos, siempre tan exquisitamente. Su aliento entra calurosamente en mi boca.


—Me gusta el regalo —dice, tocando el lazo en la parte superior de mi camisón— . Aunque no lo he abierto por completo todavía.


Tira del lazo, liberándolo. El deseo por él zumba en mis venas.


—El hecho de que estoy casi desnuda no significa que estoy lista para dormir contigo.


Separa el camisón para abrirlo.


—El hecho de que te invité a mi habitación no quiere decir que he estado pensando en ti.


Pero quiero que piense en mí. Porque no puedo dejar de pensar en él. Deslizo mis manos por la parte delantera de su camisa.


—¿No? —Balanceo mis caderas contra él.


Tira de la tela de mi camisón desnudado un hombro.


—No. —Se inclina, moviendo los labios por toda la curva de dicho hombro.


Es increíble lo que me hace.


Me toca y todos mis sentidos se sintonizan con el lugar que toca.


Su olor me embriaga y sus labios son lo más perverso que he encontrado. Mis ojos se cierran, e inclino mi cabeza hacia atrás, agarrando su cabello. Se peina hacia atrás cuando está en público, pero me encanta la forma en que se pone puntiagudo cuando ha estado deslizando sus dedos a través de él.


Tiro de él y levanto su cabeza, se ríe en voz baja, agarra mi rostro con una mano, y presiona su boca firmemente —firmemente, decididamente— en la mía.


Estoy en caída libre, y sus ojos brillan con lujuria y anhelo antes de tomar mi boca en un beso más duro. Nuestras lenguas se enredan, su lengua fuerte, mojada, sedienta.


No puedo evitar abrir su chaqueta, sintiendo sus músculos debajo de la camisa.


Perfectamente delineados.


Cada vez que nos besamos se siente como la primera vez, pero esta vez se siente como si fuera la única vez.


Mientras desabrocho la camisa y veo el broche de la bandera en su chaqueta, me acuerdo de la gran diferencia que hace, lo pequeña que soy en comparación con los millones de personas cuyas vidas afecta.


—Pedro, puedes no haber previsto que las personas pudieran escuchar...


—No veo a nadie aquí, solo tú y yo —dice, y hombre, realmente me mira.


Tengo tanto deseo que estoy temblando.


Gruñe como si estuviera pensando en lo mismo, me eleva, y sus manos agarran mi trasero. Mis manos se enroscan alrededor de sus hombros al instante.


—Dios, tú chica sensual, pequeña cosa caliente… No puedo tener suficiente de ti. —Muerde y tira de mi labio, luego, ajusta perfectamente su boca a la mía de nuevo. Huele
delicioso. A colonia y a él, y mi estómago se tambalea con mariposas cuando tira y arranca
mi tanga.


—Pedro —le digo, sorprendida.


—¿Qué? —Sonríe, presionándome contra la pared, preparándome para así poder colocar su mano entre nosotros para acariciar mi sexo desnudo entre nuestros cuerpos.


Gimo, empujando las caderas contra él. Agarra mi pecho y me aprieta el pezón.


Lo chupa, haciéndome temblar.


—Oh, Dios.


—No puedo hacerle el amor a la primera dama contra la pared, ¿dónde están mis modales?


—Oh dios, solo hazlo. —Agarro su cabello y tiro de su rostro al mío, besando su mandíbula mientras me lleva a la cama y me acuesta en el centro, inclinándose sobre mí.


Me estremezco bajo su mano cálida trazando a lo largo de mi barriga.


Sus ojos se mueven sobre mí, tomándome. Sus labios rozan los míos nuevamente, cálidos y sedosos. Abro mis labios y mete la lengua dentro. Jadea y permite que nuestras lenguas jueguen por un tiempo mientras sus manos vagan por mis curvas, poco a poco, sin prisa, como si pudiera ordenarle al tiempo detenerse para nosotros y ahora tenemos todo el tiempo del mundo.


Se quita la camisa y me mira.


—Dios, perteneces a mi cama. Mírate.


Trago, parte riendo y parte gimiendo.


Estoy desesperada por Pedro, pero estoy nerviosa de tener sexo con él nuevamente.


Estoy nerviosa porque significa tanto, se siente tan colosal. Sabe lo que siento por él y he esperado este momento durante tantas noches solitarias, extrañándolo. Es la primera vez que estamos juntos después de decirme que me ama.


—Estoy nerviosa —respiro.


Me hago a un lado con calma, lentamente quita su camisa, dejando al descubierto sus gloriosos músculos.


—¿Por qué estás nerviosa?


—Es solo eso... eres el presidente. Siento...


—No estés nerviosa. Sigo siendo el mismo. —Sin camisa en sus pantalones, extiende mis brazos por encima de mi cabeza y traza sus manos por los costados.


Balanceo mis caderas, gimiendo.


Inhala un largo suspiro, sus ojos capturando los míos.


—Tan hermosa. —Agarra la parte de atrás de mi cuello y me tira hacia adelante, pareciendo perder el control, aplastando mis labios contra los suyos tan duro y con tanta pasión que mi cabeza da vueltas.


Lo agarro para apoyarme y me arqueo contra él, mis pechos duelen cuando froto mis dedos a lo largo de la parte posterior de su fuerte cuello.


Pedro se desabrocha el cinturón y se baja la cremallera, luego se quita los pantalones, jadeo, su dureza salta libre.


A medida que extiende su gran cuerpo sobre mí, gimo y llego a él, fuera de control, y Pedro inclina su cabeza hacia mis pechos y a las puntas endurecidas de mis pezones, sacando la lengua para lamer uno, luego el otro, dando vueltas lentamente con su lengua alrededor de los picos. Succiona, deslizando su mano entre mis piernas, en mi apertura.


Sus dedos se mueven dentro de mí, primero uno, luego dos, me arqueo y me estremezco de placer.


—¿Qué quieres, preciosa?


—Te quiero a ti —jadeo.


Se inclina y chupa mi hombro, acercándome.


—He estado muriendo por conseguir estar dentro de ti. No puedo olvidar lo que se siente moverse dentro de ti, tenerte perdiendo el control debajo de mí.


Abre mis piernas más anchas.


—Pedro —digo, mi tono sobrio. Y sus ojos se abren en duda—. Dejé de usar la píldora, desde que nosotros… bueno, fui a Europa y...


Se acerca a su mesita de noche, y después desgarra un paquete con los dientes.


—No te preocupe. Mi personal es muy hábil asegurándose de que su presidente tiene todo lo que necesita.


Sonríe mientras rueda el preservativo y me humedezco simplemente observándolo. Acaricia entre mis piernas, y luego se pone el dedo mojado en la boca mientras toma su miembro con su mano libre y se burla en mi entrada.


Gemimos juntos, besándonos sin restricciones mientras envuelvo mis piernas alrededor de él, gruñe por un segundo.


Me penetra, su erección más gruesa que nunca, empujando. Jadeo en voz baja y rastrillo con las uñas a lo largo de su espalda mientras empujo mis caderas hacia arriba por más.


—Llévame dentro, eso es, Paula. Así es, tómame, hermosa. —Empieza a empujar dentro y fuera con vigor, sus músculos moviéndose bajo mis manos, sus respiraciones llegando duro y rápidas mientras fija un ritmo.


Jadeo tan fuerte que temo que la seguridad nos escuche, pero no me importa, y tampoco a Pedro. Suelta un gemido muy profundo y tira de las manos sobre mi cabeza, tomándome cada vez más duro y más profundo, fuera de control como si quisiera enterrarse permanentemente dentro de mí, como queriendo fusionarnos en uno solo.


Lo deseo con un dolor físico. No puedo dejar de correr mis manos sobre sus brazos, hombros, pecho.


Gruñe:
—Ven aquí. —Y me besa. Duro y con propósito. 


Empieza a tomarme con fuerza, y pruebo nuevamente su sabor, su olor.


Chupa mi pecho de nuevo, y lo tomo, encontrando cada empuje con un movimiento de mis caderas en silenciosa súplica por más.


Ralentiza el ritmo y se retira, luego frota mi clítoris con su pulgar. Gruño y empuja su dedo corazón dentro de mí, mirándome.


—Tan acogedor, tan mojado y codicioso. —Quita el dedo, listo para llenarme de nuevo.


Curvo mis piernas más apretadas alrededor de él, levanto mi cabeza y presiono mi boca en la suya cuando me penetra. Y entonces está en todas partes. Empujando profundamente, golpeando mi corazón mientras se retira y lo hace de nuevo.


Gimo, él gruñe.


Es el hombre que amo y me toma como dijo, con fuertes y deliberados golpes que me extienden casi hasta no poder soportarlo. Puedo sentir en la forma que se mueve, la forma en que me toca, me muerde, me lame, que no era la única muriendo por esto.


Me da un beso desgarrador que me hace volar, chupo su lengua y uso mis muslos para acercarlo más, nuestras respiraciones explotan al mismo tiempo que nos arqueamos para acercarnos más y más.


Empuja con más fuerza, más profundo, sosteniendo nuestras miradas, nuestras bocas chocando, nuestra manos tocando, nuestras lenguas degustando, el aliento apenas es suficiente para mantener el ritmo.


Escucho los sonidos resbaladizos de él entrando en mí, estoy tan mojada, y es tan grueso, duro y se mueve tan rápido, que nuestros cuerpos se esfuerzan por acercarse todavía más.


—Tan bueno. Tan malditamente bueno que ya quiero volver a hacer esto.


—Sí —jadeo.


La visión es borrosa por la necesidad. Mi boca vaga por su pecho, cuello y su dura mandíbula, la barba raspando mis labios mientras lo beso.


Estoy temblando, necesitando, vulnerable, y él es tan sexi.


Me siento abrumada cuando está dentro de mí, como si fuera a estallar por lo que siento, conectada con él, uno con él, este hombre que en realidad nunca se ha entregado a nadie y no se atreve a dejar entrar a alguien. Quien me hace querer reclamarlo.


Empuja en mí de nuevo, y los atronadores sonidos que salen de su garganta me dice que se haya tan listo para estallar como yo. Nos movemos ahora más lento, pero con la misma pasión.


Mi cuerpo se ajusta alrededor de él y aprieto, lo agarro para mantenerlo dentro de mí.


—Déjame verte—dice—. Vente para mí. —Me mira y me besa, al mando de mis labios mientras froto mi lengua con la suya y frota mi clítoris con su pulgar mientras se empuja profundo contra mi punto G. —Vente.


Empiezo a apretar alrededor de él, y en el momento en que comienzo a agitarme, aprieta los músculos y se arquea hacia atrás, gruñe de placer cuando llega conmigo.


Estoy demasiado débil para moverme durante unos minutos. Pedro se va para limpiarse, luego regresa y me tira en sus brazos.


Acaricia mi cuello, y me presiona tan cerca como puede.


Oh, Dios, no puedo conseguir estar lo suficientemente cerca.


Aspiro su olor y aprieto los brazos alrededor de su cuello, escuchándolo reír suavemente contra mi cabello, su aliento me hace cosquillas.


Yacemos allí por minutos, desnudos...


Saciados...


Enredado entre sí en las sábanas.


El rastro de vello en el pecho de Pedro es demasiado tentador para mis dedos.


—Debería irme —susurro contra la gruesa columna de su garganta mientras acaricio su pecho y me obligo a parar—. Una cosa es que el personal especule sobre nosotros dándonos el gusto con un rapidito y otra muy distinta para nosotros empezar a pasar toda la noche juntos.


Tomo mi ropa cuando Pedro rueda sobre su espalda y enlaza sus manos detrás de su cabeza, el ceño fruncido en su rostro.


—Déjalos. Deja que comiencen los rumores. No vamos a confirmar nada hasta que queramos.


Dudo por un momento. Solo un momento. 


Entonces, niego.


—Es demasiado pronto. Sé que todo el mundo pende de un hilo, con ganas de ver qué proyectos se aprobaran en los próximos meses, eso debería ser el titular de primera plana.


Sus ojos recorren mi espalda desnuda mientras comienzo a vestirme, en silencio, todavía con el ceño fruncido.


—Les daré suficiente para hablar. Tengo más de un proyecto en marcha; solo necesito estar seguro de que las partes cooperarán. Pero Paula —agrega mientras me dirijo al otro lado de la habitación, levantando una ceja—. Vamos a estar visitándonos todas las noches.


Me muerdo para no sonreír, una sensación difusa en el estómago.


—Sí, Presidente Alfonso. —Sonrío y en silencio abro la puerta, salgo de su habitación y cruzo el pasillo hacia la mía.




martes, 19 de febrero de 2019

CAPITULO 84




Estoy nervioso y no puedo evitarlo.


Estamos volando a casa en el Air Force One, D.C. ya por debajo de nosotros.


He estado pensando un nuevo plan para hacer que la economía funcione de nuevo.


—Los mercados se han recuperado. El dólar es más fuerte desde el momento en que asumió el cargo —dice Frederickson, el vicepresidente, lanzando una pelota de tenis en el aire y capturándola.


—Los mercados simplemente especulan. Necesitamos resultados concretos para que nuestra economía vuelva a funcionar. ¿Dónde estamos con nuestra ley de educación?—Le pregunto a Diego.


—Debería estar para la semana que viene.


—Quiero que invirtamos en nuestra juventud. Educación, es lo primero. Lo siguiente es la asistencia sanitaria. Igualdad de salarios para las mujeres, baja maternal remunerada para que puedan dedicar el tiempo necesario a sus hijos recién nacidos. Hay demasiadas personas sufriendo por ahí que no fueron atendidas adecuadamente.


—Como usted diga, señor Presidente.


—Y ponme con el Presidente de la Cámara. Y quiero una reunión con los líderes demócratas y republicanos, hay maneras de que podamos hacer este trabajo sin poner mil y una paredes.


Diego asiente y se va, y Frederickson le sigue a la puerta, gritando—: ¡Atrápala! — Enviando la pelota en mi dirección.


Jack salta antes de que pueda agarrarla, después trota y la trae.


—¡Buen perro! —Aplaude Frederickson, impresionado.


Saco mis gafas para seguir leyendo y atrapo a Jack olfateando mi taza de café mientras pone la pelota en mi escritorio.


—No más, amigo. —Giro el vaso y le dejó lamer una gota, y pienso en ella, en su cabello rojo balanceándose, trayéndome café. Pienso en ella extendiéndose debajo de mí.


Gimiendo. Queriéndolo.


Quiere que cenemos. Sé lo que quiere. Lo quiero también.


Quería tiempo, preocupada por los medios de comunicación.


He sido paciente. Pero estoy cansado de preocuparme por los medios de comunicación. 


Estoy cansado de no poder sacarla en público. 


Estoy jodidamente cansado de ocultar lo único que personalmente valoro aparte de mi trabajo y mi país. Sí, estoy deseando que llegue la cena.


Lo único que me apetece es ella.




CAPITULO 83




Pedro se fue a una reunión con el primer ministro de Canadá, y paso los siguientes días adaptándome a la vida en la Casa Blanca.


Miro los menús del domingo, y le digo al chef que realmente no creo que necesitemos tener menús de lujo o postres de fantasía a diario, que el simple pastel de manzana servirá.


Él creó esta versión de un pastel de manzana que tiene varias capas, un poco de pastel de queso mezclado con manzanas con canela, y nunca he probado nada tan divino en mi vida.


—Nunca he ido a un restaurante con comida tan buena como la comida que cocinas, Chef.


—Es nuestro trabajo mantenerla bien alimentada y feliz, y es nuestro trabajo hacer que usted y nuestro país queden bien con todos nuestros dignatarios extranjeros visitantes.


Estamos organizando una cena de Estado para el presidente Asaf en dos meses y antes de irse, Pedro dijo—: No escatimes en gastos.


Una de las cosas que aprendí a su llegada a la Casa Blanca fue que la primera familia paga por sus gastos personales, incluyendo su personal y comida.


—Pedro, sé que tu familia tiene dinero, pero te irás sin dinero si…


Se echó a reír, y luego me afirmó—: No escatimes en gastos. Se trata de los Estados
Unidos de América y la Casa Blanca. Es una inversión.


—Si nos ceñimos a un presupuesto razonable para la cena de Estado, el Departamento de Estado pagará la factura. —Me aseguró Clarissa cuando le expresé mi preocupación más tarde.


Ocasionalmente deambulo por la casa con el restaurador, pidiéndole que me enseñe las obras y las reliquias. Hay tanta historia aquí. Tanto corazón y profundidad.


Me encanta, pero no he visto a Pedro durante días.


He mirado mi horario y tengo charlas con mi secretario de prensa, el jefe de personal y el director social, y estoy tentada a organizar mi horario teniendo en cuenta el suyo cuando regrese, cuando Clarissa me dice—: El jefe de gabinete del presidente me pidió que ajustara su horario para que pueda tener varios eventos con él.


Me sonrojo. ¿Se encuentra tan ansioso por verme como yo?


—Absolutamente; será un placer.


Ella y el director social se dan unas miradas traviesas. Me río.


—Sé lo que piensan.


—No dijimos una palabra.


—Mira, los dos estamos realmente interesados en hacer lo mejor que podemos aquí…


—No estamos juzgando, señorita Chaves, por el contrario. Se ven bien juntos.


Solo sonrío, sin saber qué decir. Lo extraño mucho. Todavía es increíble para mí estar aquí, que estemos dándole una oportunidad a esto.


Un día antes de que Pedro regrese, simplemente no puedo aguantar un segundo más. Voy al Ala Oeste.


—Portia, ¿podrías conectarme con el presidente?


—Yo… se encuentra en el Air Force One. Déjame ver si puedo conseguir contactar
con él.


Después de un momento, espero que tome la llamada.


—Hola. —Su voz es ronca.


—Perdona por molestarte, ¿estás ocupado? Oh, seguro que lo estás. —Me rio y exhalo—. Te extraño.


—También te extraño.


—¿Cenarías conmigo en el Antiguo Comedor Familiar mañana?


—Estaré allí —dice sin dudar.


Estoy nerviosa por seguir con esto. Necesito esa conexión. Me estoy volviendo loca por eso. 


Quiero su fuerza, quiero sus brazos alrededor de mí, lo quiero. Solo lo quiero y deseo que sepa lo mucho que lo quiero para mí.



CAPITULO 82




En nuestro camino de regreso a D.C., nos besamos sin prisa en el dormitorio del Air Force One. Estoy en su regazo, excitada por él.


—Estoy sediento de ti, demasiado sediento como para tener suficiente —gruñe.


Lo perdemos. Me arrastra y me aprieta contra él, lo tomo por la camisa y lo beso de nuevo, crudo y caliente esta vez, fuera de control, sus labios dominantes y hambrientos, los míos moviéndose igual de rápido, un infierno de calor y deseo ardiente entre nosotros.


Pedro mete mi lengua en su boca, gimiendo, masajeando mi trasero con sus manos.


—Eres mía. Dime que eres mía.


—Soy tuya.


—Estoy cansado de escondernos. Entiendo que tenemos que ir paso a paso con el público, pero Paula, te quiero en mi cama, quiero estar dentro de ti. Dos pasos en mi habitación, te arrancaré tu ropa y nada se interpondrá entre nosotros… nada.


—Eso es lo que temo. Tengo que estar segura de que puedo ser verdaderamente la primera dama que necesita el país.


—No eres solo tu trabajo, eres una mujer, y eres la mujer que necesito.


Cubre mi pecho con una mano y mete su lengua en mi boca, más rápido, más fuerte, y agonizo por la forma en que parece necesitarme. Agarro su cabello en un puño, perdida, gimiendo y gruñendo, nuestras manos pasando por encima del otro, nuestras bocas enloquecidas.


—Pronto —jadeo.


Gruñe.


—Estoy harto de duchas de agua fría.



—Lo siento. Estoy físicamente dolorida.


—Concéntrate en donde estás y date cuenta de que no te encuentras sola.


Sonrío, temblando de deseo.


—Pronto.



lunes, 18 de febrero de 2019

CAPITULO 81




Terminamos de ducharnos, por separado. No creo que ninguno de los dos pudiera soportar el calor de una ducha conjunta, pero todavía estaba tan excitada frotando la esponja vegetal sobre mi piel, pensando en Pedro esperando fuera de la habitación.


Me vestí mientras se duchaba, poniéndome un largo vestido de tafetán de seda azul con capas sobre la falda, y trato de no babear demasiado cuando Pedro sale secándose, completamente desnudo, dándome una vista de todo lo que adoro y quiero y lo perdí cuando se vistió.


La cena de estado es un asunto suntuoso. Los franceses influyentes gravitan hacia Pedro. Él está en la habitación y esa gracia sin esfuerzo hace que parezca como si no hubiera nadie más, como si nunca lo estuvo, y nunca lo estará.


Hay un encanto natural en él; y las mujeres, especialmente, no parecen perderse.


Tengo mis propios admiradores e intento no ser celosa, especialmente porque Pedro sigue mirando en mi dirección, y no puedo evitar robarle miradas encubiertas.


Después de que todos los invitados salen, nos quedamos charlando durante las bebidas después de la cena con el presidente francés y la primera dama.


—Ustedes dos. —Se dirige hacia Pedro y hacia mí, luego presiona sus dedos en sus ojos—. Los ojos no mienten, ¿eh? Ustedes son invitados aquí; mi esposa y yo esperamos que se sientan cómodos en una habitación en vez de en dos, de hecho, creo que todas las otras habitaciones en el Palacio del Elíseo fueron tomadas, ¿no es así, querida?


La risa de Pedro es baja y muy masculina.


Y muy, muy sexy.


—Lo que sucede en París se queda en París —agrega el presidente francés con un guiño.


—No me molesta la oportunidad de pasar un tiempo a solas con mi primera dama —admite Pedro. Se desplaza hacia delante y me mira desafiante.


—Oportunidades como éstas son raras, ¿eh? —El presidente francés se ríe y levanta su copa—. Al presidente Alfonso y su encantadora primera dama.


Pedro levanta su copa y me mira, y aprieto mis muslos juntos y tomo un sorbo. Sólo después de eso arqueo una ceja.


La esposa del presidente francés me sonríe y sorbo de la copa de vino.


Finalmente, después del día más largo de la historia, nos dirigimos a nuestra habitación.


Cerramos la puerta, y los alrededores son tan extraños, me siento un poco nostálgica, pero mi hogar está delante de mí, más de un metro ochenta de altura y viril, y estoy hundida en esos conocidos ojos oscuros, y esa media sonrisa mientras me observa quitar los zapatos.


Ni siquiera sé qué hacer con mis manos mientras Pedro tira sus gemelos abiertos y
los deja a un lado, sus ojos nunca dejan los míos.


Algo acerca de esta soledad, de tenerlo todo para mí, en esta ciudad, se siente como
otro momento robado. Como si estuviera tomando algo que no me pertenece, pero quiero
mucho.


—Ven acá.


Me estremezco ante su brusco susurro. Sé que percibe mi nostalgia, mi anhelo. Mi nostalgia por él. Mi hogar. Y cuando abre los brazos, yo voy. Me presiono a su lado y entierro mi rostro en su cuello y lo dejo envolverme. Dios, lo he querido tanto.


—Ven aquí —dice de nuevo, como si me necesitara más cerca todavía.


Me arrastra hacia la cama y desliza el brazo por debajo de la abertura de la parte trasera de mi vestido, llevándome hacia él, sus manos extendidas sobre mi espalda desnuda, todo mi cuerpo presionado contra el suyo en el abrazo más protector que he sentido en mi vida, es una pared de músculo, carne y calor, y me entierro aún más en ella, lo más cerca posible físicamente.


Pedro también se aprieta.


Estoy abrumada y temblando. Su olor está a mi alrededor. Sus manos en mi espalda. El peso de sus ojos en mí. La mano de Pedro coloca mi pelo hacia atrás, mientras trata de mirarme en la cara a pesar de que estoy tratando de esconderla porque este impulso de llorar tiene que ser a causa del cambio de hora. No puedo romperme sin razón. Pero entierro la cara en su cuello y aprieto la tela de su camisa abierta, tratando de agarrarme, dejando que los movimientos tranquilizadores de sus manos masajeen a lo largo de mi espalda, me reconfortan.


—Todavía te quiero.


—Lo sé. —Su voz es baja y gruesa y texturizada con emoción.


—Todavía te quiero como nada en mi vida.


—Lo sé. Ven aquí. —Me arrastra sobre él, sosteniéndome por la parte de atrás de mi cabeza mientras desliza su lengua dentro de mi boca y me besa, me besa, me besa y me besa.


Enmarca mi rostro en sus manos y su mirada está fija en la mía.


—Te amo. Mucho, Paula. Tanto que no podía dejarte ir. Tanto que no te dejaré ir. He estado en el infierno sin ti. Estás en mí en cada pensamiento que tengo despierto y en mis malditos sueños. Lucharé por merecerte, para mantenerte a mi lado. Nunca volveré a cometer ese error, de pensar que no puedo mantenerte. Lo haré. Siempre te mantendré. ¿Me entiendes? —Presiona un beso en mi oído y murmura ferozmente, tirándome hacia atrás y mirándome profundamente a los ojos mientras enmarca mi cara en sus manos—. ¿Me oyes, nena?


Lo observo.


—No escuché la primera parte.


Una sonrisa crece lentamente y de repente se convierte en risas, luego se vuelve serio. Me pone sobre mi espalda, sus músculos ondulan cuando sube en sus brazos. Me mira fijo, intensamente, su voz es muy baja cuando acaricia con su pulgar hacia mi mandíbula, sus ojos en los míos.


—Te quiero, hermosa.


—¿Cuánto? ¿Cómo esto? —Muevo mi dedo índice y el pulgar tan lejos como puedo. Pedro sacude la cabeza.


—¿No? —Pregunto, decepcionada.


—Inmensurablemente, cariño. Te quiero inmensamente.


Sostiene mi cara en sus manos y me besa suavemente, me besa con la ternura inconmensurable, el calor inconmensurable. Amor inmensurable.